¡Rompe tus cadenas (o estacas)!

Salgo de mi segundo día de clase (de mi último curso de carrera, afortunadamente) con una sensación especial. Como es normal, en estos primeros días, los profesores aprovechan para presentarse, explicarnos en qué consiste su asignatura, los criterios de evaluación, etc.

Sin embargo, hoy he tenido suerte (a pesar de ser martes y trece) y he sido sorprendido (muy gratamente) por uno de mis nuevos profesores.

Este, tras presentar su asignatura (que promete ser poco convencional) y explicar la forma en la que trabajaremos los contenidos (a través del cine), ha mencionado su afición a viajar. Después de hablar sobre lo mucho que le gustaban los animales, ha confesado que el elefante, es su favorito. En uno de sus viajes, mi profesor tuvo la mala fortuna de interponerse con el vehículo en que viajaba junto a otras personas en el camino de un elefante. Al ver de cerca al enorme animal, su altura, su peso, sus colmillos… ha reconocido que llegó a temer por su vida. Afortunadamente, solo fue un susto.

La anécdota, aunque curiosa, no dice mucho por si sola. Sin embargo, ha servido para presentarnos la historia de “El elefante encadenado” de Jorge Bucay, que podéis leer en el enlace anterior, o escuchar en el siguiente vídeo.

Al contarnos el comienzo de la historia, lo sorprendete que resultaba que un animal del enorme tamaño de un elefante y con su fuerza, no se escapase al ser atado con una cadena a una frágil estaca; nos ha lanzado la pregunta que se hacía el niño del cuento: ¿Por qué no se escapaba el elefante?

Hemos respondido que quizá era porque estaba amaestrado, que se quedaba porque en el circo recibia comida, etc. Todas ellas, respuestas difíciles de justificar si se seguía profundizando.

Tras darnos la oportunidad de probar suerte, el profesor ha desvelado el porqué verdadero. El elefante no escapaba porque había sido atado a una estaca similar desde que era muy pequeño. Cuando el elefante era una cría, a pesar de sus esfuerzos, no podía soltarse. A pesar de intentar escapar día tras día y noche tras noche, no lo consiguió… hasta que un día, el animal aceptó que jamás podría escapar. El elefante, terminó por rendirse y dejó de intentar escapar para siempre.

El problema no es que el elefante no pudiera escapar cuando era un cría, sino que se rindió. Nunca volvió a intentar escapar, ni cuando se hizo un fuerte elefante adulto, porque recordaba la frustración que sintió al intentarlo de pequeño.

Esta historia, tiene dos moralejas:

  1. La primera, la que cuenta el propio autor. Nosotros mismos estamos atados a numerosas estacas que nos restan libertad porque en algún momento de nuestra vida dimos algo por imposible y nunca volvimos a intentarlo. Hemos caído en el error de pensar que porque una vez no pudimos hacer algo, nunca podremos realizarlo.
  2. La segunda, y no menos importante, lo observadores que son los niños (y lo poco que lo somos los adultos). Es curioso cómo el protagonista de la historia, de niño, se preguntó por qué el elefante no escapaba, y ninguno de las cuarenta personas que estábamos en clase nos habíamos sorprendido al contarnos que el elefante no escapaba a pesar de estar atado por una simple estaca.

¡Observa! ¡Sorpréndete! ¡Pregunta! Y sobre todo…. ¡Rompe tus cadenas (o estacas)! ¡Inténtalo, no seas elefante!

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